Un conjunto arqueológico esculpido en roca es uno de los patrimonios históricos y culturales de mayor valor en Jordania. Enclavada en el desierto y redescubierta hace un siglo, la legendaria construcción fue capital del antiguo Imperio nabateo y tuvo su mayor esplendor entre los siglos IV antes de Cristo y I de esta era.
En medio del desierto jordano, los viajeros quedan sorprendidos al descubrir la vieja localidad de Petra, donde pervive una soberbia arquitectura religiosa y funeraria de la época del Imperio romano. Se trata de la mítica ciudad oculta, esculpida en piedra rosada.
Petra es un bello enigma revelado apenas hace algo más de un siglo; que hoy sigue asombrando y creciendo, a medida que prosiguen excavaciones que van -de año en año- engrandeciendo el patrimonio visible en este territorio desértico.
Las autoridades jordanas han empezado una campaña de promoción de la antigua ciudad para que sea elegida una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo, en el concurso internacional organizado por una empresa suiza, cuya web es www.new7wonders.com.
El certamen busca, a través de una votación internacional, lograr el reconocimiento de los patrimonios más destacados.
Petra, capital del antiguo Imperio nabateo, cuyo mayor esplendor fue entre el siglo IV antes de Cristo y el I después de Cristo, compite con otros veinte lugares, entre ellos la Alhambra de España, la Gran Muralla de China, el Taj Mahal de la India y la Acrópolis de Grecia. Todos ellos finalistas del concurso. El 7 de julio del 2007 se presentará en Lisboa la lista de las nuevas maravillas.
La ciudad se asienta en un lugar fragoso, accidentado, en uno de los bordes de la fosa del Rift, hundimiento que cruza de sur a norte el territorio africano y que se prolonga por el Mar Rojo, Mar Muerto y Valle del Jordán. Está en el sur de Jordania, a unos 250 km de Ammán.
Ya en el neolítico, el territorio de Petra tuvo un poblado edomita. Luego, en el siglo VI se estableció por la zona la tribu de los nabateos, nómadas procedentes del desierto arábigo que lograron prosperidad mediante el saqueo y el comercio.
El Imperio nabateo llegó hasta el Mediterráneo, Siria y Arabia, controlando las rutas caravaneras. Petra debió ser algo así como un centro espiritual. Aguantó la presión romana hasta el 106 después de Cristo. Ese año la ciudad pasó a integrarse en la provincia romana de Arabia. Petra se modernizó entonces, pero perdió vigor. Los nabateos declinaban en lo comercial, en tanto que florecía, al norte, la ciudad de Palmira.
Hubo pronto un activo cristianismo en el lugar y una importante ciudad bizantina. Luego llegó la decadencia casi total bajo la dominación árabe. Aún estuvo vinculada a los cruzados durante algún tiempo y cayó en el olvido. La última cita histórica medieval fue del año 1267.
Jean Louis Burkhardt, nacido en Suiza en 1784, estudió el árabe y se convirtió al Islam, y cambió su nombre por el de Ibrahim Bin Absukkah. Conoció en 1812 el territorio jordano y la caravana en la que viajaba en dirección a La Meca pasó cerca de Petra. Él redescubrió la ciudad oculta.
Al lado de una rambla habitualmente seca, en un paisaje montañoso y desértico, lo primero que halla un viajero son los Djin Blocks, monumentos de forma cuadrada y de construcción nabatea, de función misteriosa. Pudiera tratarse de una tipología inusual de tumbas, aunque tampoco sería extraño que fueran construcciones en honor del dios nabateo Dushara, representado usualmente con forma geométrica.
Muy cerca aparecen ya construcciones monumentales. La primera es la tumba de los obeliscos, coronada por cuatro de estos. Debajo se observa un triclinio (comedor de los antiguos griegos y romanos) y en la parte inferior tres habitaciones que hacen sospechar que estuvieron destinadas a la organización de banquetes funerarios. La influencia de la arquitectura egipcia es evidente.
Un poco más adelante se inicia el Siq, que no es sino un angosto desfiladero de cuatro a seis metros de anchura, 40 a 170 metros de alto y 1,2 kilómetros de longitud.
En las paredes se observan hornacinas que servían de altar al dios Dushara, un desfile procesional de hombres y animales (casi borrado por el tiempo y la barbarie), inscripciones históricas y hasta un altar de sacrificios, sencillo, en medio del camino, y al lado de un pequeño habitáculo excavado en la roca, tal vez lugar del sacerdote o para almacén de elementos de culto.
El tortuoso avance por el Siq termina de forma abrupta, cuando por la estrecha abertura del desfiladero aparece El Tesoro. Se trata del edificio más emblemático de la ciudad, ubicado estratégicamente en un espacio reducido y relativamente protegido de la intemperie, con un suave color rosado y una factura sumamente clasicista.
El conjunto está integrado por una fachada de dos niveles, la de abajo sostenida por seis columnas, y coronada por sendos obeliscos no finalizados. El interior es una sala funeraria cuadrada sin decoración alguna.